Pobres de agua

Los pobres de agua
En los estratos profundos de la tierra el agua se conserva gracias a las raíces de los árboles. Esta humedad, que no puede verse salvo en las hojas verdes, permanece retenida el tiempo suficiente como para mantenerse un verano entero sin lluvia. El agua sube por los troncos y por entre los recodos de la tierra por el efecto del calor exterior. Esto permite que un bancal como este mantenga algunas plantas de cobertura. Gordolobos, salvias, hierbas luisas, e incluso hierbas buenas sobreviven y protegen, durante la sequía de los primeros meses estivales, los cultivos últimos del invierno, que ahora se encuentran en periodo de semillas unas, en periodo crecientes otras. Hasta hace unas semanas, todo esto era una auténtica selva de guisantes silvestres, vivieron felices su época de esplendor primaveral y fertilizaron la tierra con el nitrógeno obtenido del aire. Este año he decidido no poner ningún cultivo de verano, con lo que en vez de segar en verde, lo he hecho en seco. La materia vuelve a la tierra y se transforma en abono también, sin embargo, este abono de ahora ya no es verde, es dorado como el sol que brilla.
Si no aportara un poco de agua, ni las zanahorias, ni las berzas escondidas entre las sombras, ni las acelgas que ahora semillan, ni los cebollinos, ni los pimientos del año pasado, podrán salir adelante; en solo un mes, toda la cobertura se convertiría en dorada también, a semejanza del sol que brilla y las briznas de paja caídas. Hay algunos cultivos de hortalizas de verano, por todos conocidos, que pueden sobrevivir sin una irrigación continuada; estas son: calabazas, melones, e incluso tomates. Con técnicas diversas y tratamientos especiales artificiales, el humano ha conseguido hacerlas sobrevivir en condiciones duras, pero aún estas especies supervivientes, si no le añadimos agua en un momento inicial y no las cultivamos con esas técnicas concretas, tampoco sobrevivirían, esta es mi experiencia. Algunos árboles frutales tienen más tiempo, resisten la sequía y mantienen bien su tipo hasta la llegada del otoño, sobre todo si están acompañados de sus silvestres, sin embargo, cuanta es la hermosura de sus frutos cuando reciben agua.
El agua es la vida, la vida es el agua, sin ella no habría Naturaleza ni Humano. Aprender a vivir sin agua durante largos meses es el arte del superviviente de una tierra que grita y sufre. El Humano siempre cultivó con agua, a las orillas de los ríos, de los lagos y cañadas. El agua siempre fue aprovechada para alimentar nuestro alimento y hubo tiempos gloriosos de su natural reparto. Este recurso valioso, que hoy es oro líquido y que se reparte entre los despachos de los artificialistas y los intereses de unos pocos, deja a muchos del campo en un estado deplorable de pobreza de agua, desesperados por encontrar el cultivo incultivable. La tierra seca y desgastada que hemos heredado de nuestros abuelos, pertenecientes entonces, la gran mayoría, a unos pocos ricos de dinero, aquellos propietarios latifundistas que la destruyeron, es la tierra de los pobres de agua que miran al cielo. Esas mismas tierras que llamaron «secano» un día fueron bosques, allí había agua de sobra, en los pozos, en las regueras naturales, las lagunas y los arroyos. Llegaron los cultivos del desierto, traídos desde muy lejos, nos dijeron que ellos viven sin el agua ¡Oh, que semilla tan valiosa! entonaron alegremente… Y toda nuestra iberia quedó también desierta, como aquellas plantas de oro metal, que estaban impregnadas del color del sol.
Tierra de agua, así quiero llamarte, yo quisiera invocarte y ofrecerte un nuevo bosque, con árboles de lluvia, para que nos disculpes por nuestro mal trato, para que nos devuelvas, lo que nos fue, por Naturaleza, dado.

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