Los caprichos de la Naturaleza

Me encuentro sentado bajo un granado, en un descanso de la siega tardía de los bancales altos. Desde aquí diviso una parte de este bosque Natural de alimentos, un rincón entrañable que se configuró desde la más tierna dedicación. No planifiqué nada científicamente, cada árbol vino por puro instinto y por la información que la madre Natura me iba dando, no pensé en cercanías o lejanías, ni si era frutal u ornamental, sólo me dispuse a dibujar conforme venían inspiraciones diversas, pensamientos y sensaciones, conviviendo en una permanente impermanencia de estados.
Ahora observo y me doy cuenta de que en este espacio que toca la imagen, parece que hay más ornamentales que frutales, sin embargo, si giro un poco mi cabeza a la izquierda, veo más frutales que ornamentales. No hay nada dispuesto según un orden, donde hay más de algo es porque así debió ser, donde hay menos, pues lo mismo. La Naturaleza es caprichosa, como lo es mi propia mente enlazada en su movimiento.

En este marco que la imagen determina, que en la realidad no ocupa mucho más de cien metros cuadrados, en las partes aéreas puedo divisar tres grandes almendros, que dan abundante fruto cada año, dos laureles, delicias aromáticas que también dan alimento, un almez y un fresno, jovenes ellos que ya van para los tres metros, un roble canariensis en su más potente expansión, un olmo siberiano, entrañable y hermoso, un olivo, también joven que no sé cómo acabó ahí y que este año fructificó por vez primera, un espectacular níspero que fructifica por tercera o cuarta vez ya y que se esparrama entre las semisombras. Atisbo las ramas de un ciprés laylandy y una tuya dorada, un robusto alcornoque hermanado con el olmo. Creo también entrever unos perales que andan más abajo, frente al gran roble…

Todos y cada uno de estos árboles, ¿quizás me olvidé de alguno?, no han sido regados este año, ni el anterior, ni el anterior del anterior,… Hace mucho tiempo que no miro por su agua, les vienen antojados algunos riegos indirectos de las zanahorias que hay bajo el almez o las lechugas, rábanos, achicorias y dientes de león bajo el níspero. Sin embargo, sí tuve que regarlos al principio. Cuando esto era un desierto, sin apenas vida, ayudé con riegos constantes, pendientes, así como se cuida a un bebé. Hoy cuidan de mi, nos cuidamos juntos y el agua que retienen en su seno me lo dan multiplicado por infinito. En el aire que huelo, en la tierra fértil y delicada que toco, en la hierba y hortalizas que crecen, en las sombras frescas que apaciguan el tormentoso sol del verano.
Alguien podría decir que es esto secano, más en el bosque Natural comestible todo es pura agua regada por sí misma.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *